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sábado, 16 de abril de 2011

JUEGO DE SUMA CERO

Hoy

perotambiénayeryporquénomañana

nos jugamos la vida


y me apuesto tu muerte


a que salga un siete

en este dado solitario


a que te parta un rayo

sin indicios de tormenta,


a que no haya Mayo

esta primavera.


Hoy,

estamismatarde,

me juego la vida

en un duelo a primera sangre

o a última coronaria.


Mañana,

en el hipotético caso

de volver a disponer de

risa

hambre

y reflejo,

—y no sin una cierta amenaza

de defunción—

funcionaré

de prestado

aguardaré

disimulando

despistaré

haré como que no aprecio

—no, no tanto—

la vida,

no sea ya,

no sea que,

no sea yo.


Te echo una carrera,

de tu nombre

a tu epitafio,

desde el llanto

hasta el quinto o el décimo

aniversario.


Y a ver si ganas:

me juego la vida.

martes, 12 de abril de 2011

DE LO INUTIL

Es inútil
llamar a las cosas por su nombre
(ellas nunca lo reconocerán);
matar el deseo, gobernar el alma,
es inútil
acostarse como en un ritual
y pretender, después, soñar.

Es inútil
comprar un cuaderno nuevo
cuando ya no quedan palabras nuevas por apuntar.

Es inútil
la regla del nueve,
la ley de la palanca,
la astronomía para ver de lejos,
o llevar gafas para verte de cerca.

Es inútil
apuntar (incluso entre los ojos)
para no olvidar,
pensar en colores y vivir
en blanco y negro,
llevar casco en una guerra nuclear,
vivir de leyendas, beber
(excepto beber de verdad),
es inútil amar los objetos
que no te corresponden.

La poesía es inútil, por supuesto,
y la ansiedad,
los bálsamos,
los paños de lágrimas
(particularmente al amanecer),
las oraciones que cuestan una eternidad,
también, inútiles, también,
las frases tan redondas que se muerden la cola
son lo que son:
verdades a medias, verdades
a medida que se apagan
(ya).


jueves, 7 de abril de 2011

EN LA INTIMIDAD DE LOS GOBERNADOS

(desde John Berger)


En la intimidad de los gobernados

surgen dudas que agarran

como raíces de olivos centenarios;

manos hechas jirones de despedirse

ordeñan las cabras,

casi destilan, con delicadeza, la leche

imposible y blanca,

a la luz salvaje del mediodía,

de tantos días demasiado iguales.


En la intimidad de los gobernados

hay una determinación de tierra

y agua dulce,

y también hay hombres que juegan a perder

apedreando oficiales de distinta graduación.


A la sombra de los muros

se tejen sueños de fiebre y romero,

se oye el ruido del casquillo

que cae, junto a una bota de cuero español,

quién lo iba a pensar,

solo un poco más tarde

que el cuerpo de un niño.


En la intimidad de los gobernados

hay algo muy distinto (y más fuerte)

que la esperanza,

hay todo lo contrario de una paciente resignación

y algo cercano a un licor fuerte y amargo,

algo difícil, raro,

no sólo por lo excepcional,

sino por lo esencialmente humano.


En la intimidad de los gobernados

hay siempre un puñal

dispuesto a despertarse,

la fuerza de la arena

contra un muro de hormigón.


lunes, 4 de abril de 2011

FUTBOL

Mi tristeza ha sido la campeona de la Liga de invierno.


Me he dedicado a regatear,

como una mosca entre las cruces del cementerio,

idiota,

con esa leve pulsación en la cabeza

y sin advertir la cercanía del hilo de la tela de araña.


La vida es lo que sucede entre dos copas de Europa.


Y ahora tengo síntomas de Agosto.


El campo limita al Norte con el Mar Muerto

y al Sur con la jubilación.


La línea de cal parece querer atraparme hacia su abismo

y me ha parecido ver la senda que marcaba el carrilero de este mismo equipo

en los ochenta.


La prórroga, tan sobrevalorada, ofrece en realidad nada,

a destiempo,

siempre.


Hubo un momento para haber dado el pase que imaginé

que se curvaba como un sueño lleno de mirlos

y aullidos.


Siempre sucede lo irremediable:

ya han privatizado los saques de esquina

y alguien grita ¡imaginación! desde el Fondo Sur.


Mejor sigo siendo balón.


sábado, 2 de abril de 2011

LA VIDA SECRETA DE LOS PASEANTES

A L.


Los ves a cualquier hora,

a paso lento,

bien provistos de periódicos,

bolsos, abrigos, gafas de sol,

gestos que utilizan como escudos.


Los ves.

Te dedicas, por un momento,

a recomponerlos: con pocos indicios,

cuatro gestos, un detalle,

pecios, briznas de lana,

medias palabras;

con tan poco, los ves.


Los ves y, también, los imaginas,

con una aplicada inteligencia,

que sólo los más bobos

calificarían de “intuición”;

deduces, en un instante,

la vida secreta de los paseantes.


Reconstruyes vidas

que puede que no sean,

que no son o que no fueran,

inventas, retuerces, exprimes fragmentos

que, para otros, son accidentes inconexos.



Y todo encaja.


Y nada -o todo- de lo que deduces,

de lo que sabes,

es ficción.


Tus historias son, ya,

sus verdaderas vidas

(ellos se equivocan al recordar

o al mirarse en un espejo:

sólo pueden -eso mismo- especular).


Recompuesto el puzzle de sus peinados,

de sus chaquetas, de sus acompañantes

(nunca son casuales los acompañantes),

las horas y cadencias al caminar,

y de esos -¿no te habías fijado?-

calcetines desparejados,

adviertes las manchas que hirieron corbatas,

los botines ajados que una vez -deduces-

fueron elegantes.


Sólo una historia encaja.


Sólo una.


La arquitectura,

la puesta a plano,

la cuidadosa deducción,

la anatomía de un saludo,

el tono menor de una mirada.


Otros leen novelas,

incluso ensayos,

¡o poemas!


Nunca aprenden nada.


Mientras tanto,

tú, con sólo percibir , apenas, su aroma,

conoces su vida entera,

recorres el hilo que los ha conducido

hasta esta calle,

hasta este domingo,

desnudos frente a ti

(aunque se te enfrió,

otra vez,

querida, el café).


lunes, 28 de marzo de 2011

ESTAR A SALVO

Quiero salir indemne,

como una monja en una caja de ahorros:

estar a salvo de cualquier peligro

vivir sin ganarme la vida

(y que ella me gane a mí).


Quiero vivir de una pieza,

aunque me caiga, a trozos, a cada paso,

ser hombre de palabra

(pero entre paréntesis).


Me pido un rito solemne

para el día de mi excomunión,

una oración de pega,

una suerte de Kredo del Santo Sarkasmo.


Y estar a salvo,

sin embargo.


Quiero ser contradictorio:

que no se me haga caso

mientras llamo la atención

por no quemarme a lo Bonzo.


Refugiarme donde no haya espejos

construir aprovechando escombros,

leer los renglones torcidos

de los poetas malditos:

que me atraviesen con sus estocadas

llenas de adjetivos imprevisibles

(y certeros golpes de adverbios).


Quiero todos los pronombres

en minúsculas.


Y estar a salvo, aproximadamente.


Quiero atravesar furioso un mar en calma,

alimentar con cereales de desayuno

a los tiburones que rodean la nave,

llegar a playas y escribir mensajes

que llenaré de mentiras

y meteré en indestructibles botellas de agua

de baja mineralización.


Viajar, de cuando en cuando,

a salto de mata, con un plan bien trazado,

hacer fotos, dar abrazos, admirar templos

que perderé entre el huracán de mi desmemoria.


Y estar a salvo.

¿Lo había dicho ya?

jueves, 3 de febrero de 2011

ANNA AJMATOVA HACE COLA


Anna

Hace cola frente a la prisión.

Ahora

Anna es de piedra y de recuerdo.


Lleva,

en un gran bolso de lana,

comida caliente

(calor, sólo por un momento).


Su hijo,

—como nosotros—,

hace ya diez años

o hace ya mil versos,

—¿son tantas las palabras

porque nunca son suficientes?—

sigue encerrado,

al cuidado del frío,

en el centro exacto del miedo.


Calor, solo por un momento

en las celdas pintadas de luna nueva.


Cuando la luna es de melón…


Anna

recuerda esa noche:

hace ya diez años

—o hace ya mil versos—

que se nos llevaron.


Anna es de piedra y de recuerdo,

siempre en pie, frente a la prisión.


Piensas que esto es trabajo…


Alguien dice algo así como:

Tu marido,

tu hijo, los amigos:

tu trabajo es mantenerlos vivos

y hacer transparente

el muro de la prisión,

defender a tu gente,

a su memoria,

desprender de la Historia

las Letras Mayúsculas

con las que nos someten.



Anna

hace cola,

es piedra,

frente a la cárcel,

ahora es todas las madres

(calor, solo por un momento).


Alguien le ha recordado

que también de piedra

están hechos

algunos poetas.


Ahora

Anna escribe en su memoria

—que ya es la nuestra—

escribe

donde la gente padeció

su desdicha.