Puedo sacar flaquezas de mi fuerza
mientras asedian mi bien ganada soledad.
Puedo armar un ejército de excusas
y buscar entre palabras
un mal remedio al frío del destiempo,
a la ocasión perdida,
al silencio espeso y torpe,
al balbuceo.
Puedo partir una lanza
o batirme en duelo,
puedo fingir arrojo
cuando la batalla, hace tiempo,
terminó.
Puedo, eso sí, contar los cuerpos,
hacer balance,
confirmar las pérdidas,
abrir la herida que me hice huyendo
una vez más.
Puedo, colmada la trinchera,
resembrar,
esperar una lluvia tranquila,
mirar a un lado
y esperar, sí, esperar;
o puedo recoger la cosecha seca
de la desatención.
Puedo tan poco que sirva de algo;
puedo seguir, puedo (in)tentar,
puedo –no me sale tan mal– tropezar,
puedo –a veces conviene– asentir o negar,
desdecirme (o mentirme) de nuevo.
O puedo hacer que, al escribirlo,
me duela lo que es debido:
el cuerpo a cuerpo con mi verdad.