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jueves, 3 de febrero de 2011

AD-HERIRSE

Al menos,

llegado el caso,

deberíamos devorarnos

de frente.


Al menos

dar la cara,

mirarnos

(y recordarnos así)

cuando perdemos

la razón.


Afrontar, encarar,

enfrentarse.

Sin parpadear.


(Antes de la herida

puedes oír el sonido

de la navaja

cortando el aire)


(Antes de la sangre

y del dolor

—antes de todo lo demás—

está esa mirada

—la mirada—)


No descuidar ni un detalle.

Un movimiento.

Un temblor.

La intención.


Viene,

se advierte entre nosotros

—el propósito es claro—,

contamina nuestra respiración.


Sólo de frente

se puede luchar,

hendir la hoja, matar.


Solo y de frente:

la espalda es para los muertos

(y ellos —seguramente— supieron por qué).

sábado, 11 de diciembre de 2010

LLUEVE


Llueve una lluvia antigua

como de cuaderno Rubio;

algo no cuadra del todo

en esta lluvia desenfocada

y mansa.


Llueve como para dentro,

como si no fuera capaz

de mojar, simplemente, el suelo.


Suenan las gotas en la chapa

que cubre el toldo

que cubre la terraza

que cubre la tierra

que debía ser mojada.


Suenan las gotas, pacientes,

y no puede hacerse nada.


La lluvia ha traído el sonido

de aquellos segundos

que taconeaban en los relojes de cuerda

(esos que certificaban

si estabas atento,

o, a fin de cuentas,

si estabas todavía vivo).


La lluvia ha traído el recuerdo

de saloncitos amarillentos,

del humo del tabaco deshaciéndose

en hilos finísimos,

luego en nubes

por el falso techo,

de ese paraguas grande y oscuro

que el abuelo llamaba “el gallego”

(debía ser un paraguas,

por su apodo,

perito en chubascos

o emigrado).


Llueve una lluvia antigua

como de diario hablado,

de Lucecita y de santoral,

de calendario zaragozano.


Llueve con la cadencia

del traqueteo del tranvía

que me llevaba

desde aquella casa oscura

al ultramarinos,

eran tiempos de mortadela en papel de cera

de castañas en papel de estraza,

de tebeo si insistes y de vuelta a casa:

tiempos de lluvia dócil

de sábanas frías, de besos en la frente

de mantas ásperas y corazones enmohecidos.


Llueve una lluvia antigua

de teclas de piano desafinado,

y mi césped de plástico,

en el jardín,

se desentiende,

se hace (impermeable) a un lado.


Llueve una lluvia antigua

de patio de luces

de ropa recogida

apresuradamente,

llueve una lluvia antigua,

la misma lluvia de siempre.


Suenan las gotas,

insistentes,

y no puede hacerse nada.

lunes, 15 de noviembre de 2010

ULTIMAS PALABRAS

No lo pone fácil

el viento de poniente

ni la forma en la que callas

tras la sonrisa incoherente

o la ausencia notoria de tus lágrimas.


No lo pone nada fácil.


Si pudiera sugerir algo,

te pediría

que nos ayudara la noche,

o un güisqui o diez,

que no sonara —todo— tan premeditado

o que fueras —al menos— vestida

o todo eso y a la vez.


Y si son, de verdad, las últimas,

las últimas palabras

que te oiré, desnuda,

diosa:

ten piedad.


(o, al menos,

haz descansar tu mano

en un lugar más neutral).


PREMIO


Qué engorro,

—qué despilfarro, también—,

mi mala letra

que, junto a la desmemoria,

se aparea

(con el obvio desenlace

de malos hijos).


Así,

donde escribí “amor”,

“arroz”, más tarde, recupero.

O “humo”, donde apunté

“deseo”.


Y he de fijarme mucho

para no leer “hortensia”

donde hubo “fortuna”

o, tal vez,“tortura”

¿o “hartazgo”?

y, de milagro,

advierto que, en realidad,

fue “tantísimo”

(¿tantísimo el hartazgo?).


Aunque,

para ser justo,

diré que,

en contadas ocasiones,

me trae (mi mala letra)

también regalos encantadores,

hallazgos,

pecios de raros versos

(que cruzan mares extraños).


Como hoy,

que me trajo un “premio”

donde yo debí apuntar

quizá y, como mucho,

“poema”


(¿o era “perro”?).

martes, 2 de noviembre de 2010

ANATOMIA.

El corazón,

en rara

y sutil

paradoja,

es lo único

que continúa

latiendo

cuando

el amor

murió.


El cerebro,

inquisitivo, curioso,

—perfectamente desadaptado

a estas situaciones—

es incapaz, mientras tanto,

de conocernos

lo suficiente,

de darnos

una buena razón,

de aventurar

una hipótesis

de sugerir

una estrategia.


Desalentados,

recurrimos a las tripas,

pero, de ellas,

—no nos engañemos—

no sale nada

que, al final,

echemos en falta.


El hígado,

sin embargo,

amable,

comprensivo,

no nos impide nunca

que bebamos

—tal vez un poco más allá

de lo bebido—.

MIEDO

Miedo,

sí,

es miedo…


No es como caminar sobre cristales

(eso es dolor)


Miedo,

es miedo,

a tu lado de la mirada del homicida,

o del rencor.


Miedo,

el miedo

a perderla, a perderte, a que se vaya

o al amor .


Miedo,

es miedo,

tan adentro que no lo advierte nadie.


Mi miedo.


Como una larva

de un parásito

que dejó un rastro,

una antigua inscripción


Lo atesoro

en pequeñas botellas

que escondo


tras los libros de Conrad,


junto a tus libros de autoayuda.


Exactamente,


en esa habitación.

lunes, 4 de octubre de 2010

PISTAS



Palidez.


Teñidos de lógica palidez,

andamos,

tan seguros de ir en la dirección inadecuada,

y, de camino,

de lado a lado, vemos la


Nieve:


Caen los primeros copos de tristeza artificial

y nadie (nadie) parece haberse dado cuenta del


Frío.


Así que bailamos, nos abrazamos,

fingimos que todo va bien,

que las aguas ya no subirán (más).

Y alguien enciende, despacio, las


Luces.


Y ellas, ingenuas, creen ayudarnos.

Pero solo señalan lo que recordamos,

lo que ya recorrimos junto a todos


Los demás,


que son todos esos,

los que parecen llamarnos desde su acera,

querer ser como nosotros, ser nosotros,

ocupar el reflejo de los espejos de nuestra


Casa.


Porque hemos construido cientos de casas

y vallas y puertas de garajes,

jardines, trasteros, balcones llenos de plantas…

pero siguen pareciendo, apenas, refugios.

Seguimos vagando, buscamos


Pistas


suficientemente fiables, reos

del crimen por el que se nos condena,

cada día,

a sabernos ciegos

y mortales.