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lunes, 15 de noviembre de 2010

ULTIMAS PALABRAS

No lo pone fácil

el viento de poniente

ni la forma en la que callas

tras la sonrisa incoherente

o la ausencia notoria de tus lágrimas.


No lo pone nada fácil.


Si pudiera sugerir algo,

te pediría

que nos ayudara la noche,

o un güisqui o diez,

que no sonara —todo— tan premeditado

o que fueras —al menos— vestida

o todo eso y a la vez.


Y si son, de verdad, las últimas,

las últimas palabras

que te oiré, desnuda,

diosa:

ten piedad.


(o, al menos,

haz descansar tu mano

en un lugar más neutral).


PREMIO


Qué engorro,

—qué despilfarro, también—,

mi mala letra

que, junto a la desmemoria,

se aparea

(con el obvio desenlace

de malos hijos).


Así,

donde escribí “amor”,

“arroz”, más tarde, recupero.

O “humo”, donde apunté

“deseo”.


Y he de fijarme mucho

para no leer “hortensia”

donde hubo “fortuna”

o, tal vez,“tortura”

¿o “hartazgo”?

y, de milagro,

advierto que, en realidad,

fue “tantísimo”

(¿tantísimo el hartazgo?).


Aunque,

para ser justo,

diré que,

en contadas ocasiones,

me trae (mi mala letra)

también regalos encantadores,

hallazgos,

pecios de raros versos

(que cruzan mares extraños).


Como hoy,

que me trajo un “premio”

donde yo debí apuntar

quizá y, como mucho,

“poema”


(¿o era “perro”?).

martes, 2 de noviembre de 2010

ANATOMIA.

El corazón,

en rara

y sutil

paradoja,

es lo único

que continúa

latiendo

cuando

el amor

murió.


El cerebro,

inquisitivo, curioso,

—perfectamente desadaptado

a estas situaciones—

es incapaz, mientras tanto,

de conocernos

lo suficiente,

de darnos

una buena razón,

de aventurar

una hipótesis

de sugerir

una estrategia.


Desalentados,

recurrimos a las tripas,

pero, de ellas,

—no nos engañemos—

no sale nada

que, al final,

echemos en falta.


El hígado,

sin embargo,

amable,

comprensivo,

no nos impide nunca

que bebamos

—tal vez un poco más allá

de lo bebido—.

MIEDO

Miedo,

sí,

es miedo…


No es como caminar sobre cristales

(eso es dolor)


Miedo,

es miedo,

a tu lado de la mirada del homicida,

o del rencor.


Miedo,

el miedo

a perderla, a perderte, a que se vaya

o al amor .


Miedo,

es miedo,

tan adentro que no lo advierte nadie.


Mi miedo.


Como una larva

de un parásito

que dejó un rastro,

una antigua inscripción


Lo atesoro

en pequeñas botellas

que escondo


tras los libros de Conrad,


junto a tus libros de autoayuda.


Exactamente,


en esa habitación.

lunes, 4 de octubre de 2010

PISTAS



Palidez.


Teñidos de lógica palidez,

andamos,

tan seguros de ir en la dirección inadecuada,

y, de camino,

de lado a lado, vemos la


Nieve:


Caen los primeros copos de tristeza artificial

y nadie (nadie) parece haberse dado cuenta del


Frío.


Así que bailamos, nos abrazamos,

fingimos que todo va bien,

que las aguas ya no subirán (más).

Y alguien enciende, despacio, las


Luces.


Y ellas, ingenuas, creen ayudarnos.

Pero solo señalan lo que recordamos,

lo que ya recorrimos junto a todos


Los demás,


que son todos esos,

los que parecen llamarnos desde su acera,

querer ser como nosotros, ser nosotros,

ocupar el reflejo de los espejos de nuestra


Casa.


Porque hemos construido cientos de casas

y vallas y puertas de garajes,

jardines, trasteros, balcones llenos de plantas…

pero siguen pareciendo, apenas, refugios.

Seguimos vagando, buscamos


Pistas


suficientemente fiables, reos

del crimen por el que se nos condena,

cada día,

a sabernos ciegos

y mortales.

lunes, 27 de septiembre de 2010

EN TREN (de + a -)

Por el día

el tren es solo un metro venido a más,

rodeado de paisajes

que ni en pintura



(pero la sensación es idéntica:

la vida que se aleja

a demasiada velocidad,

de sí misma,

grosera,

sin despedirse).


A la tarde

las luces se entretienen en naranjas

y rosas,

los árboles bajitos presumen

de sombras cada vez más largas

y en el vagón-restaurante

los camareros cuentan

por donuts

el aburrimiento,

y hacen barricadas de sobres

de azúcar

y su amargura destila

un café solo —sí, sin acento—

muy corto.


A la tarde,

en el tren,

de tanto en tanto,

los turistas profanan con güisquis

venidos a menos

las traviesas que antes fueron,

por derecho propio,

de un tren minero.


De noche

todos los trenes son ya solo metros,

(pero metros perdidos, sin ciudad,

sin esos mapas infantiles

que señalan estaciones

con botones

de colores

tan chillones).


De noche

los trenes aúllan

como los perros sin dueño,

a la luna

y envidian a las casas que descansan

mientras las dejan atrás,

muy atrás,

más atrás,

con las persianas a media asta,

iluminadas apenas

por la luz intermitente ¿azul-nevera?

de los televisores.


En el tren,

los sueños viajan temblando de miedo

bailando en las ventanillas espejadas

con el azogue que crece

entre ciudades que se ignoran.


En el tren,

dos viejos se han abrazado

aunque —o porque— sospechan

que ya no son los mismos

(ni ellos,

ni el tren,

ni su sospecha).


En el tren,

de noche, asustados, estrechos,

transcurrimos por el túnel

que va siempre

que siempre irá

de más a menos.

TE ABURRíAS


Insinué

generosos inconvenientes,

deslumbrantes, diferentes,

(pero no quisiste leer).


Mencioné

privilegios, talismanes

y los beneficios reales

de recorrerlos a pie.


Apunté

inciertas posibilidades,

amar tus habilidades,

salir a cenar, después.


Supuse

que no era el mejor momento

para abrir cajas vacías

y recorrer las tres almohadas

que, desnuda, deshacías.


Recelé

de tu leve movimiento

de las cosas que no decías.

Sin mediar media palabra

sospeché que no querrías


Y admiré

tu elegante aburrimiento,

transparente como el día.

Miré hacia el muro de tu espalda

y supe entonces

que te aburría.